Mucho se habla de impermanencia.
Un concepto que desde la filosofía budista puede traducirse como transitoriedad. La no permanencia de las cosas.
Asumir la idea de que todo pasa y… ¿cómo se vive la impermanencia?
¿Qué hacer mientras pasa?
¿Quién ser, en ese trayecto?
¿Cómo gestionarla para resultar no solo lo más ileso posible sino, exprimir el mayor aprendizaje en cada vivencia?
En las preguntas se encuentra la respuesta dibujada en una palabra:
«Aprendizaje»
Dotarse de herramientas e ir construyendo una caja a la que pueda acudirse en momentos de retos y exigencias.
Una palabra que implica acción. Trabajo constante y, ante todo, atención:
Que no pase un día sin haber mirado algo a profundidad que, tal vez a priori, pudiera parecer innecesario pero que, en su momento será el instrumento que facilite la transición.
De esos pequeños aprendizajes se va construyendo la caja de sabiduría.
Qué grato se siente tenerlos a mano en momentos en los que se necesitan.
Y qué confusión se genera cuando lo que nos sorprende es tan grande que en la caja no encontramos o, nuestra mirada ansiosa, oculta la herramienta idónea.
Lo nuevo siempre mueve. Descoloca. Y ante ello, la prudencia es una buena consejera.
Así, lo he sentido.
Las herramientas que he ido sumando a mi caja me han enseñado a calibrar mis respuestas; aunque no siempre lo logre. A improvisar lo menos posible y a no tomar decisiones en plena movida.
Y en ese “mientras”. En medio de la tempestad, acudir a las cosas pequeñas puede salvarnos y, hasta orientarnos.
Revisar la caja. Hacer uso de lo que en ella encontramos es confiar en los recursos que hemos reservado.
Es darnos cuenta que lo que precisamos no es algo aislado sino que, resulta de la suma de los pequeños pasos que hemos dado y que hasta hoy, pensamos que eran insignificantes.
En cada aprendizaje brota una herramienta.
Cuando nos dedicamos a vivir en conciencia la respuesta a lo nuevo aparece como resultado de lo trabajado.
O por lo menos, nos prepara para vivirlo lo más liviano posible.
Escribiendo, recordé uno de los mensajes de los 111 mensajes de conexión, con el que cierro esta breve reflexión:
«No esperes necesitar la cosecha para empezar a sembrar. Todos los días haz algo que te sume, gana en conocimiento, desarrolla herramientas de valor ante la vida. Ante lo inesperado agradecerás haberlas trabajado»
Buen domingo.