El conocer la historia afinó mi mirada.
El martes estuve con unas amigas en Balbisiana. Una cafetería recién fundada en Madrid, por una joven abogado que apostó a su pasión: la repostería.
En el mes de enero, asistí a un encuentro de emprendedoras en el que escuché de su propia voz, parte de su historia.
Con palabras de gran valor y una especial serenidad llenó el salón de inspiración. Me atrevería a decir que borró en la mente de los asistentes, toda idea de imposibles.
Era la segunda vez que visitaba el local y, en esta oportunidad fue diferente.
El hecho de conocer a grandes rasgos lo que había detrás de la cafetería en la que estaba sentada, afinó mi mirada. Amplió mi perspectiva.
La historia que ahora conocía me hizo apreciar más allá de lo que mis ojos limitantes pudieron ver en la primera visita: lo bonito, la elegancia en cada detalle, el buen ambiente, la exquisitez de sus productos. Vale decir, el resultado.
Me llevó a valorar. A reflexionar sobre el cómo hacer e ingeniar las cosas que sentimos valiosas, aun cuando al resto les parezca una locura.
Con cada sorbo de café imaginaba en silencio la forma de insistir en lo que me despierta, pasión y entusiasmo.
En tener el sentir como una bandera. Como una brújula confiable que sabe de rutas y, que sólo quien está dispuesta a transitarlo, algunas o la mayoría de las veces, con miedo y cansancio, podrá relatar un destino de aprendizaje.
¿Por qué te cuento esto?
Primero, para que pienses en la diferencia que puede marcar una experiencia en nuestras vidas cuando se tiene algún conocimiento de lo que se vive.
Segundo, porque en esos momentos en los que solo vemos nubes grises, confiar en lo que sentimos es clave. Dejar que la vida responda al trabajo que hemos realizado con constancia para que un día, los nubarrones cedan con el viento y apreciemos el fruto.
Tercero, para resaltar lo valioso que es rodearse de personas que a través de sus palabras y de su ejemplo, te hagan mirar el camino distinto. Con ilusión de encontrar grandes cosas aun cuando éstas no sean las esperadas.
Cuando el sentido de lo que haces parece ausente o; sientes lo inalcanzable de tus objetivos, son ese tipo de personas que merecen ser escuchadas y recordadas.
Representan la esperanza e incluso, te regalan unas gafas reflexivas para mirar qué puedes hacer diferente y a fijar con responsabilidad, acciones más efectivas para avanzar.
¡En aquel encuentro, sus palabras fueron semillas de ejemplo que se alojaron en mi mente!
En instantes, cuando todo parece enredado -diría que de forma inconsciente- germina en mí, “la no renuncia”.
Una invitación a seguir, teniendo presente que el sentido está, en cómo te sientes cuando das un paso tras otro creando lo que te llena de alegría. Emoción que te hará diseñar destinos valiosos.
Escuchar palabras que en momentos de dudas te levanten con más fuerza y que la dirección de tus pies esté marcada por lo que te gusta es un ejemplo del buen uso del lenguaje:
El que te lleva a crecer como individuo en una sociedad en la que predominan las limitaciones o, peor aún, el conformismo.
Y por último, porque es posible que alguna de estas palabras que lees en este boletín o, en cualquiera de las reflexiones que te comparto los domingos, sean de utilidad en cualquier momento.
Buen domingo.