¿Se aprende a ser feliz?
¿Y, qué tal si ese aprendizaje está dirigido a resignificar lo que para cada uno significa la felicidad?
Felicidad es una palabra que el ser humano ha estudiado desde muchos puntos de vista. Es tan subjetiva que no tiene una definición única y universal.
Desde mi experiencia ha sido una palabra de las que yo llamo, en movimiento. Una definición que el mundo ha ido encauzando a su verdadera esencia.
La tendencia a la que estaba asociada (tener) ha ido perdiendo credibilidad. Se ha ido desvaneciendo con el tiempo.
Sobre todo en estos últimos años en los que las circunstancias nos han puesto de frente con cada uno, bajo hechos mundiales donde el capital más valioso resultó ser la capacidad de resiliencia.
Una verdadera posesión que no se ve, pero que se siente y que marcó una gran diferencia para gestionar todo lo que ocurría.
Es así como la historia va construyendo nuevas visiones en sintonía con un significado menos literal, más humano, incluso más individual.
Recuerdo una conferencia en la que escuché al llamado gurú de la felicidad Tal Ben-Shahar, psicólogo fundador de la cátedra en la Universidad de Harvard, referirse a dos escuelas de la felicidad:
- La escuela de Occidente. Una visión orientada al futuro. Su enfoque está en las metas, en los objetivos.
El secreto de la felicidad según esta escuela es alcanzar metas para ser felices. Sin embargo, cuando se alcanzaban, se comprobaba que efectivamente se sentía felicidad, pero por poco tiempo.
- La escuela de Oriente que hace referencia a que la presencia cultiva la felicidad. Vale decir, el camino para ser feliz es estar en el presente.
Ben-Shahar, afirmaba lo natural que es trabajar por un futuro mejor y querer lograr cosas, resaltando para ello, la importancia de enlazar ambas escuelas, en los términos siguientes:
Tener una meta significativa, soltarla y enfocarnos en el momento presente. Disfrutando cada paso del camino.
Mencionando como ejemplo, lo siguiente:
El 27 de abril tengo que publicar el libro. ¿Cuál sería la acción?
Escribir todos los días. Enfocarme en escribir sin pensar en el día.
La fecha ayuda a accionar, pero la clave es tener la meta, no alcanzarla.
Sosteniendo que la felicidad se encuentra en lo que es importante para nosotros, desarrollando pequeñas acciones alineadas a nuestros valores.
Pareciera entonces, que la felicidad se construye, se siente en los pequeños pasos, siendo y haciendo lo que para cada uno es valioso.
Ahora, desde mi visión ha sido un significado que ha ido evolucionando.
Aquella emoción fugaz que sentía cuando conseguía algo que quería, en nada se compara con lo que en la actualidad defino como felicidad.
La felicidad nunca ha sido aquello que nos vendieron o que en algún momento compré… lo que sentimos al tener las cosas deseadas.
La felicidad es un estado natural que se cultiva, siendo auténticos, y haciendo cada día lo que para cada uno es importante, como bien explicaba el profesor Tal Ben-Shahar.
No son picos emocionales. Es un estado de bienestar, de un bien sentir interno que se vive a diario, incluso cuando las circunstancias que nos rodean están siendo adversas.
He sentido la felicidad como ese estado de dicha y gratitud, de sentir bonito y bienestar dentro, por quien he sido y lo que he hecho, aun cuando el resultado ha sido triste.
En ese instante entendí, que la tristeza no es el antónimo de felicidad. Y que la felicidad no puede equipararse a una alegría momentánea.
He ido resignificando la palabra <felicidad> de acuerdo con mi experiencia de vida y con el aprendizaje intencionado que he puesto en mi persona.
¡Todo se aprende!
y la felicidad se descubre, aprendiendo. Resignificando y ajustando su significado a su verdadera esencia.
La propia vida te lleva a darte cuenta de que lo que buscabas ya lo tenías, solo que muchas veces manejamos significados equivocados.
¡Buen domingo!