Te escribo desde la habitación de un hospital.
Desde un espacio en el que la vida me muestra de cerca su fragilidad.
Vuelvo a mirar, pero con unos ojos más experimentados, la línea tan fina e imperceptible entre un estar y un no estar, entre la risa y unas lágrimas.
La que media entre el instante en el que se paraliza el corazón y el minuto siguiente del suspiro que se manifiesta en señal de liviandad…
al darte cuenta de que la vida te da una nueva oportunidad.
¡La escuela de la vida!
No en vano afirman que se aprende viviéndola y, aun así, nunca terminas de integrar sus tantas lecciones.
Por fortuna, esta vez se trata de una circunstancia tratable, recuperable pero cuando inicia se desconoce su desenlace y el miedo se apodera hasta de tus huesos.
Mantener la serenidad. Abrazar la palabra FE en momentos en los que el suelo se mueve para procurar el equilibrio y evitar caerte, es la elección con mayores beneficios.
¡Bendita la magia de las cosas pequeñas!
Acudir a ellas para soltar, para prevenir que la falsa idea de control te haga añicos y procurar ralentizarse, cultiva la fuerza que necesitamos para sostener lo que en principio parecía imposible.
Lo simple, siempre te hace sentir con la mejor compañía.

Obviamente, que el afuera se mantendrá hasta desarrollarse de la forma prevista por la vida, pero conocer las cosas pequeñas que en momentos adversos te lleven a gestionarlo con una mayor ecuanimidad, dejará en ti semillas que te harán saber de tu fortaleza.
Escribir es uno, no el único de mis recursos pequeños. Me aseguro de llevar conmigo las herramientas para hacer uso de ellas cuando las necesite.
Y esta vez no fue la excepción, vaciar las palabras, sacar a través de la escritura la catástrofe mental, me ha llevado no solo a la calma, sino a trazar en palabras el mensaje que la vida a través de esta circunstancia tenía para mí.
El domingo pasado escribí, que al sentir que el ruido externo buscaba apagarme, que el afuera me supera, me apoyaba en la magia de las pequeñas cosas.
Confiaba en su poder. En la magia de lo simple, de lo primario.
¿Y qué más primitivo para la humanidad que usar las manos para crear, para expresarse?
Hoy te invito a que identifiques tus pequeñas cosas, a las que puedas acudir con confianza cuando la vida te exija más de lo cotidiano. Y también, para que las hagas partícipes de los momentos de gozo.
¿Ya las tienes identificadas?
¿Tienes alguna experiencia que compartir?
Me gustaría leerte.
¡Buen domingo!